Late más fuerte que nunca esa sensación de que la vida no te pertenece en absoluto.
Que el mundo es demasiado extenso como para pensar si quiera en cerrar los ojos, es tan, tan grande que la existencia individual se convierte en algo ínfimo, tan exhuberante que el entorno en el que vives va apretando cada vez más tu cuello.
Sentir en algún momento que el que creías tu sitio se ha convertido en cuatro paredes en las que el oxígeno escasea.
Te detienes, reflexionas, ¿es este, acaso, el momento o el lugar?
Y no lo es.
Divina insatisfacción. Nunca lo es.
Duele saberlo, duele reconocerte equivocado e incluso perdido, pero una vez equivocado e incluso perdido la única opción es elevar la vista hacia delante y echar a andar.
Recorrer un camino sin saber hacia donde conduce, simplemente dejar que los pasos te guíen y aprender a respirar.
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