Corría tanto como le permitían sus pies. No fue consciente de la velocidad que llevaba hasta que se dio cuenta de que había alcanzado los altísimos maizales que marcaban los límites de su sencilla existencia.
No sabía de qué huía, sólo sabía que había tomado la determinación de partir rápida e inmediatamente y, sin tiempo de pensar, sus piernas comenzaron a acelerar, como una locomotora cuando empieza a alejarse de la estación: primero despacio y después cada vez más deprisa, un engranaje tras otro se va activando, y el continuo girar de los hierros arriba y abajo y el humo creando caminos en la altura.
Siguió corriendo hasta que se topó con un árbol, un árbol que sus pies no quisieron esquivar, simplemente se detuvo y, sin dudar un segundo, se subió a la más alta rama.
Desde arriba vio las nubes, blancas como la nieve estampadas en el inmenso azul del cielo estival.
El extensísimo campo se abría entonces a un infinito dorado y verde, marrón y gris.
Cogió impulso y saltó. pero el vértigo no le oprimió los pulmones ni la gravedad la atrapó con su red. Flotó abrazada al viento, avanzando cada vez más deprisa en dirección al sol, poniente y cálido.
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