Solían quererse tanto que a menudo se odiaban.
Se odiaban como la Luna y el Sol, pero ella no podía vivir sin su luz cegadora y él necesitaba la frescura de sus noches.
A él le volvía loco el cielo estrellado en los ojos de ella. A ella le perdía el calor de los rayos de él.
Se encontraban una noche cada muchas lunas llenas y estaban juntos hasta que se morían de calor.
O quizá se encontraban un día pasados muchos soles y estaban juntos hasta que el frío les calaba los huesos.
Y después el tiempo se les echó encima, cayó como un telón al final de la actuación.
Y después el tiempo se les echó encima, cayó como un telón al final de la actuación.
Todavía hay noches en que la Luna se queda en vela recordando la suavidad de su intenso brillar, y pierde el color y se muere de pena, se apagan las estrellas y el cielo se cierra.
Y aún hay días en que el Sol no sale y se esconde con las nubes a ver el día pasar, sin pensar en nada más que en tener que respirar.
Y la Tierra en su eterno girar los mantiene inevitablemente unidos a la distancia insalvable que los separa, sin nada que hacer salvo alcanzar el amanecer y verse de lejos al atardecer, sin querer atreverse a extender el lazo que pueda desviar para siempre sus trayectorias.
"en el bosque frutal de mi libertad,
de su soledad,
de nuestro vendabal"
No hay comentarios:
Publicar un comentario